Este fin de semana tocó
escapadita a la playa. Hacía ya tiempo que mi cuerpo me pedía sol y relax y
tras ignorarlo durante semanas al final decidí
cumplirle el capricho y ya de paso darme yo un buen homenaje.
Como no podía haber sido
de otra forma el viaje fue todo un éxito y si de mí dependiese repetiría de
nuevo la aventura y volvería a huir de Madrid en un par de días, y aprovechar que
el lunes es festivo para alargar unas horas el disfrute si quisiese.
Lo que es la vida y sobre
todo lo que soy yo con mis circunstancias e incongruencias. Desde que tengo uso
de razón he tenido el mar a un tiro de piedra, tanto es así que si cierro los
ojos todavía puedo olerlo y notar mi piel cubierta de sal, sentir la arena en
mis pies y oír cómo rompen las olas al llegar a la orilla de Area de Bon, la
playa de mi infancia. Y como me pasa casi siempre, en su momento no he sabido
valorar esa circunstancia como debiera, no he disfrutado de ese privilegio
todas las veces que he podido, no he sabido predecir lo mucho que lo iba a
echar de menos cuando estuviese lejos.
El caso es que este fin de
semana tocó redención en toda regla. Las niñas y yo nos fuimos a Alicante y
allí nos plantamos por tandas: El jueves la mitad y el viernes el resto del
pelotón que llegó fuerte y con ganas.
Fueron unos días típicos
de verano en donde de lo único de lo que tuve que preocuparme fue de aplicarme
protector solar de vez en cuando y practicar el vuelta y vuelta en la tumbona
cada vez que notaba el sol demasiado caliente en mi espalda o en mi barriga
según se diese el caso. De nada más: ni preocupaciones, ni agobios, ni estrés,
ni prisas, ni malos rollos, ni pensamientos negativos… Lo único que tuve que
hacer fue dejarme llevar y disfrutar de la vida porque sí, porque la vida hay
que vivirla y si encima es en buena compañía, mejor que mejor. Y como la
compañía era inmejorable, la ecuación no podía haber resultado más perfecta.
Porque no hay nada más
importante que saber rodease de los mejores compañeros de viaje para exprimir a
tope todo lo que éste pueda dar de sí. Y os puedo asegurar que una vez más no
me equivoqué. No es por presumir (o tal vez sí) pero una vez más he podido
confirmar que me rodeo de lo mejorcito y no mentiré lo más mínimo si declaro
abiertamente lo orgullosa que estoy de Araceli porque, lirón como es ella, se
despertaba todos los días sin rechistar ni un ápice a las ocho de la mañana,
hora que seguro que ella desearía haber borrado del reloj (en realidad Araceli
se cargaría de los relojes del mundo mundial cualquier minuto anterior a las
doce). Otra valiente admirable ha sido Esther, a la que no gustándole la playa
ni la mitad de la mitad de la mitad que a mí la ha sufrido como nadie incluso
el día que izaron la bandera roja y ni siquiera se pudo remojar en el agua. A
Sara la arena le da repelús y aún con eso se dedicó, como yo, a ir girando su
tumbona siguiendo los pasos dados por el sol.
Sonia y Ana completaron el
círculo y las seis aprovechamos todo lo que pudimos los días que pasamos a
orillas de Mediterráneo, exprimiendo cada minuto que teníamos por delante de la
mejor manera posible.
Fueron días de risas
continuas en los que todas nos hemos sabido adaptar a las demás. Mientras visitábamos
el Castillo de Santa Bárbara, ya la mañana del último día, me confesé y les
dije que viajar con ellas era todo un placer y que esperaba poder hacerlo de
nuevo en cuanto surgiese otra oportunidad. Porque es muy fácil quedar para
tomar algo, juntarse para cenar, ir al cine o salir de fiesta un sábado, pero
convivir durante varios días con personas diversas no es tan sencillo como al
principio pueda parecer.
Recordaré este viaje a
Alicante por muchas pequeñas cosas que lo han hecho grande. Durante este tiempo
me he dado cuenta de que a medida que pasan los días los lazos que me unen a
estas personas se van haciendo más fuertes y esa es una sensación que me gusta.
Recuerdo que hasta hace relativamente poco pensaba en lo complicado que me
había resultado abandonar mi tierra y con ello mi zona de confort, llegar a un
sitio en el que apenas conoces a nadie y hacerte con un círculo de amigos en
los que confiar, a los que poder confesar tus inquietudes (doy por supuesto que
conocidos todos tenemos muchos) y que estén para ti en las duras y en las
maduras. Y yo por fin he encontrado la horma de mi zapato. Es verdad que puedo
parecer sociable (dentro de la timidez que me envuelve) pero en el fondo me
cuesta bastante abrirme de verdad al resto así que cuando lo consigo sé que he
dado con alguien que merece la pena.
Si me pidiesen que
describiese esta escapada con una única palabra no tendría la menor duda: Espartanas.
Así nos describió el chico de las tumbonas desde el primer día en el que, como jabatas,
resistimos en nuestro puesto en la playa a pesar del terrible viento, de los
pinchazos de la arena en la piel y de la bandera roja que nos impedía remojarnos
cuando apretaba el calor. Fue divertido volver al
día siguiente y descubrir no sólo que te recordasen del día anterior sino que
además te hubiesen bautizado como una de las espartanas. Para una chica del norte
eso es todo un piropo.
Este
fin de semana tocó escapadita a la playa. Nos liamos la manta a la cabeza, cogimos
carretera y nos plantamos en Alicante. Fue un viaje genial, divertido y donde la
desconexión fue total. Un viaje en el que gracias a mis compañeras de aventura disfruté
como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Y
en estos momentos una única pregunta ronda mi cabeza… Chicas, ¿para cuándo el
siguiente?
Miss Caffeina. Mira cómo vuelo. https://youtu.be/QP2mvrGY94g
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