miércoles, 10 de agosto de 2016

Las escapadas son para el verano.

Este fin de semana tocó escapadita a la playa. Hacía ya tiempo que mi cuerpo me pedía sol y relax y tras ignorarlo durante semanas al final decidí cumplirle el capricho y ya de paso darme yo un buen homenaje.

Como no podía haber sido de otra forma el viaje fue todo un éxito y si de mí dependiese repetiría de nuevo la aventura y volvería a huir de Madrid en un par de días, y aprovechar que el lunes es festivo para alargar unas horas el disfrute si quisiese.

Lo que es la vida y sobre todo lo que soy yo con mis circunstancias e incongruencias. Desde que tengo uso de razón he tenido el mar a un tiro de piedra, tanto es así que si cierro los ojos todavía puedo olerlo y notar mi piel cubierta de sal, sentir la arena en mis pies y oír cómo rompen las olas al llegar a la orilla de Area de Bon, la playa de mi infancia. Y como me pasa casi siempre, en su momento no he sabido valorar esa circunstancia como debiera, no he disfrutado de ese privilegio todas las veces que he podido, no he sabido predecir lo mucho que lo iba a echar de menos cuando estuviese lejos.

El caso es que este fin de semana tocó redención en toda regla. Las niñas y yo nos fuimos a Alicante y allí nos plantamos por tandas: El jueves la mitad y el viernes el resto del pelotón que llegó fuerte y con ganas.

Fueron unos días típicos de verano en donde de lo único de lo que tuve que preocuparme fue de aplicarme protector solar de vez en cuando y practicar el vuelta y vuelta en la tumbona cada vez que notaba el sol demasiado caliente en mi espalda o en mi barriga según se diese el caso. De nada más: ni preocupaciones, ni agobios, ni estrés, ni prisas, ni malos rollos, ni pensamientos negativos… Lo único que tuve que hacer fue dejarme llevar y disfrutar de la vida porque sí, porque la vida hay que vivirla y si encima es en buena compañía, mejor que mejor. Y como la compañía era inmejorable, la ecuación no podía haber resultado más perfecta.

Porque no hay nada más importante que saber rodease de los mejores compañeros de viaje para exprimir a tope todo lo que éste pueda dar de sí. Y os puedo asegurar que una vez más no me equivoqué. No es por presumir (o tal vez sí) pero una vez más he podido confirmar que me rodeo de lo mejorcito y no mentiré lo más mínimo si declaro abiertamente lo orgullosa que estoy de Araceli porque, lirón como es ella, se despertaba todos los días sin rechistar ni un ápice a las ocho de la mañana, hora que seguro que ella desearía haber borrado del reloj (en realidad Araceli se cargaría de los relojes del mundo mundial cualquier minuto anterior a las doce). Otra valiente admirable ha sido Esther, a la que no gustándole la playa ni la mitad de la mitad de la mitad que a mí la ha sufrido como nadie incluso el día que izaron la bandera roja y ni siquiera se pudo remojar en el agua. A Sara la arena le da repelús y aún con eso se dedicó, como yo, a ir girando su tumbona siguiendo los pasos dados por el sol.

Sonia y Ana completaron el círculo y las seis aprovechamos todo lo que pudimos los días que pasamos a orillas de Mediterráneo, exprimiendo cada minuto que teníamos por delante de la mejor manera posible.

Fueron días de risas continuas en los que todas nos hemos sabido adaptar a las demás. Mientras visitábamos el Castillo de Santa Bárbara, ya la mañana del último día, me confesé y les dije que viajar con ellas era todo un placer y que esperaba poder hacerlo de nuevo en cuanto surgiese otra oportunidad. Porque es muy fácil quedar para tomar algo, juntarse para cenar, ir al cine o salir de fiesta un sábado, pero convivir durante varios días con personas diversas no es tan sencillo como al principio pueda parecer.

Recordaré este viaje a Alicante por muchas pequeñas cosas que lo han hecho grande. Durante este tiempo me he dado cuenta de que a medida que pasan los días los lazos que me unen a estas personas se van haciendo más fuertes y esa es una sensación que me gusta. Recuerdo que hasta hace relativamente poco pensaba en lo complicado que me había resultado abandonar mi tierra y con ello mi zona de confort, llegar a un sitio en el que apenas conoces a nadie y hacerte con un círculo de amigos en los que confiar, a los que poder confesar tus inquietudes (doy por supuesto que conocidos todos tenemos muchos) y que estén para ti en las duras y en las maduras. Y yo por fin he encontrado la horma de mi zapato. Es verdad que puedo parecer sociable (dentro de la timidez que me envuelve) pero en el fondo me cuesta bastante abrirme de verdad al resto así que cuando lo consigo sé que he dado con alguien que merece la pena.

Si me pidiesen que describiese esta escapada con una única palabra no tendría la menor duda: Espartanas. Así nos describió el chico de las tumbonas desde el primer día en el que, como jabatas, resistimos en nuestro puesto en la playa a pesar del terrible viento, de los pinchazos de la arena en la piel y de la bandera roja que nos impedía remojarnos cuando apretaba el calor. Fue divertido volver al día siguiente y descubrir no sólo que te recordasen del día anterior sino que además te hubiesen bautizado como una de las espartanas. Para una chica del norte eso es todo un piropo.


Este fin de semana tocó escapadita a la playa. Nos liamos la manta a la cabeza, cogimos carretera y nos plantamos en Alicante. Fue un viaje genial, divertido y donde la desconexión fue total. Un viaje en el que gracias a mis compañeras de aventura disfruté como hacía mucho tiempo no lo hacía.

Y en estos momentos una única pregunta ronda mi cabeza… Chicas, ¿para cuándo el siguiente?



Miss Caffeina. Mira cómo vuelo. https://youtu.be/QP2mvrGY94g



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