viernes, 18 de marzo de 2016

Pongamos que hablo de Madrid.


A lo tonto, a lo tonto, hoy hace ocho años que cual Neil Armstrong al llegar a la Luna planté mis pies en la Villa de Madrid y a zancadas que no a saltos me dediqué a explorar el que desde ese momento se convertiría en mi nuevo hogar.  
Y hete aquí que repasando las 57 entradas que llevo publicadas en el blog me di cuenta de que todavía no le había rendido tributo a la ciudad que me acogió con los brazos abiertos, así que creo que ya va siendo hora de que le dedique al menos unas líneas.
Madrid no me defraudó. Al principio la ciudad se mostró inmensa, atropellada y caótica ante mis ojos y no fue hasta que con el paso de los días fui recorriendo sus barrios mientras buscaba un lugar al que llamar hogar, que me di cuenta de que detrás de todo ese batiburrillo se escondía un lugar maravilloso en el que vivir.
Siempre he sido chica de provincias, como digo yo. Desde muy pequeñita, y dejando a un lado mis primeros años vividos en Barcelona porque mi escasa edad me impide recordarlos bien, he residido en lugares que se pueden recorrer de punta a punta caminando y sin mucho esfuerzo.
Primero fue Beluso, un típico pueblo de pescadores con unas playas y paisajes maravillosos en los que disfruté como una enana de mis años infantiles. Jugaba libremente sin temor a coches ni a extraños en medio de un entorno rural de lo más tranquilo y apacible. Si algún día viajáis a Galicia y os encontráis en las Rías Baixas no dejéis de hacer una excursión a la Península do Morrazo, porque os puedo asegurar que lo que allí veréis y sobre todo comeréis os dejará sin aliento. Y sí, el agua está helada, que por algo baña sus costas el Océano Atlántico, pero merece la pena sufrir un poco por pasar una jornada agradable en cualquiera de los innumerables arenales que conforman su entorno.
Cuando fui adolescente cambié Beluso por Pontevedra, o lo que es lo mismo, el pueblo por la ciudad. Siempre creí que ésta sería mi última parada, que aquí asentaría mi residencia definitiva. Pontevedra es una ciudad chiquitita, muy cómoda y con buena calidad de vida (al menos desde mi humilde opinión). A medida que pasaron los años se ha ido humanizando, y el olor a tubos de escape y el ruido de los motores han cedido terreno a los paseos tranquilos de la gente a lo largo de sus calles (recientemente) peatonalizadas. De Pontevedra me enamoran sus soportales, la arquitectura que se muestra a lo largo de todas y cada una de sus iglesias y edificios históricos, su amplio y bien cuidado casco antiguo, sus paseos bordeando la ría o sus plazas repletas de personas que las inundan en cuanto un rayo de sol hace aparición por el horizonte.
Supongo que conocéis ese dicho que versa “nunca escupas para arriba porque te puede caer en la cara”. Pues bien, algo de eso me pasó a mí con Madrid.
Os pongo en antecedentes.
Pontevedra era para mí el lugar ideal para vivir, y por eso no entendía que Martín, quien llevaba ya unos años en Madrid, defendiese a capa y espada las virtudes del que era su hogar de adopción en detrimento de la ciudad de provincias. Yo aceptaba que la primera ofrecía muchas más posibilidades que la segunda, pero no era capaz de asimilar, a lo largo de nuestras conversaciones sobre este tema, las innumerables ventajas que a ojos de Martín eran tan obvias. Y por eso lo de escupir para arriba… Yo ahora tampoco soy capaz de vivir sin Madrid, y si bien es verdad que Pontevedra siempre será ese lugar al que siempre querré volver, a día de hoy la variedad gastronómica, cultural, étnica y cualquier otra que se os ocurra y que Madrid ofrece a todo aquél que lo visita es infinitamente más amplia y atractiva que la de cualquier otro lugar que conozco.
Cómo describir Madrid sin quedarse corto o pecar de arrogante. Difícil tarea que procuraré llevar a cabo de la mejor manera que me sea posible.
Madrid es…
Madrid es caos. Un caos que en un primer momento puede llegar a asfixiarte pero que te engancha como una droga, hasta tal punto que en los días en los que el agobio no es excesivo echas en falta ir corriendo a todas partes, así que ya terminas acelerando el paso por inercia aunque vayas con tiempo de sobra.
Madrid es calma. Calma que se respira nada más pisar los Jardines del Buen Retiro, uno de mis lugares favoritos cuando quiero desconectar o simular que hago deporte, según se dé el caso. Es maravilloso poder rodearte de naturaleza en pleno centro de la ciudad, ser capaz de no escuchar nada más allá del cantar de los pájaros o el murmullo del agua sabiendo que a escasos metros la gran urbe está llena de vida, ruido y vitalidad.
Y aunque el Retiro sea el más conocido para nada es el único. Madrid está repleto de parques, cada uno con su encanto particular. No podéis perderos la visita al Parque del Capricho o a la inmensa Casa de Campo con su zoo y su parque de atracciones, a la famosa Pradera de San Isidro, a los Jardines de Sabatini escoltando el Palacio Real, al Jardín Botánico con su variedad de vegetación en pleno Paseo del Prado, a la Dehesa de la Villa o al kilométrico Madrid Río, con su particular “playa” en plena ciudad.
Madrid es paisaje. No he visto atardecer más impresionante, con el skyline de la ciudad como fondo, que el que se puede contemplar desde el Cerro del Tío Pío en Vallecas. Es el lugar ideal para llevarte una manta, unas pipas y algo para beber y contemplar cómo el sol se oculta tras el horizonte como si estuvieses disfrutando de una buena película.
Junto al Parque del Oeste, en el mirador que se halla al lado del Templo de Debod la panorámica de la Casa de Campo con la sierra de Madrid de fondo tampoco se queda corta. Incluso la panorámica de la Gran Vía que se observa desde la planta 9 del Corte Inglés de Callao sorprende. Lo bueno de esta última opción es que además de disfrutar de la ciudad desde las alturas puedes acompañar ese momento de un café o un buen gin tonic.
Madrid es arte. Muestra de ello la representan los innumerables museos que la componen, con el Prado, el Thyssen o el Reina Sofía a la cabeza, pero escoltados por muchos y variopintos lugares en los que poder admirar todo tipo de maravillas de la historia. No podemos olvidar fascinantes obras arquitectónicas como el Palacio Real, el edificio de la Ópera, el templo de Debod o el Palacio de Cibeles por poner algún ejemplo de los imponentes edificios que van surgiendo en cada esquina de la ciudad.
La misma Puerta del Sol es arte en sí misma.
Madrid es espectáculo. Basta con pasear por la Gran Vía y alzar un poco la vista para darnos de bruces con los innumerables teatros que la conforman, publicitando con inmensos carteles luminosos los espectáculos más en boga del momento.
Y qué me decís de los conciertos… Las figuras más importantes tanto a nivel nacional como internacional suelen hacer parada obligada en Madrid en sus giras, otro aliciente más para que esta urbe gane puntos en mi ranking personal.
Madrid es diversidad. El variopinto abanico de personas que la habitan hace de ella un lugar único. Y lo más maravilloso de todo es que, salvando las excepciones que siempre existen, la convivencia discurre de manera pacífica y civilizada. Es esta disparidad de nacionalidades, razas y religiones lo que hace de Madrid y de sus barrios, entre los que se encuentran Chueca, Lavapiés, Vallecas o Malasaña (por nombrar algunos de los más conocidos), el lugar cosmopolita que es hoy día.
Madrid es gastronomía. No he conocido lugar en el que la variedad gastronómica sea tan completa como aquí. Es el sitio ideal para cumplir cualquier antojo que se nos ocurra ya sea éste de carácter nacional o internacional. Pocos restaurantes seguramente quedarían fuera de la lista de opciones. Y yo, que disfruto tanto con la comida, soy feliz.
Madrid es diversión. La oferta de ocio, tanto diurna como nocturna, es amplia y variada. Infinitos bares y discotecas de estilos muy variopintos inundan la capital complaciendo de este modo al más exigente.
Mi entretenimiento favorito durante la época estival es recorrerme las diferentes terrazas que abren sus puertas en hoteles y lugares públicos como el Círculo de Bellas Artes o el Palacio de Cibeles, y disfrutar de un buen cóctel mientras la ciudad se encuentra a tus pies. No veo la hora de que llegue el buen tiempo para retomar esta buena costumbre.
Y así seguiría horas…

Madrid es, a día de hoy, mi ciudad. Esa que me acogió con los brazos abiertos nada más llegar y que me ha ido enseñando en pequeñas dosis todos sus recovecos. El lugar en el que trabajo y en donde he conocido a gente maravillosa que me acompaña en mi día a día. El sitio en el que me encuentro como en casa aunque jamás olvide de dónde vengo. No sé qué se siente estando en el Paraíso, pero si tengo que definir con una frase la sensación que me produce estar aquí tengo claro cuál sería:
De Madrid al cielo.

Joaquín Sabina. Pongamos que hablo de Madrid.  https://youtu.be/lHMhbJDW3KY



miércoles, 9 de marzo de 2016

Cuando nada es lo que parece.


No soy ninguna ingenua por lo que sé de buena tinta que en más ocasiones de las que nos figuramos las apariencias engañan. Y de qué manera. Hay veces que es tal el despropósito que la decepción nos lleva incluso a romper los lazos con quienes nos han traicionado.
Evidentemente existen grados de decepción dependiendo de quién venga el engaño, no nos duele lo mismo que un simple conocido pretenda metérnosla doblada a que sea nuestro amigo del alma el que lo intente. Todos tenemos al menos una persona en la que confiamos más que en ninguna otra que si en algún momento pretendiese hacernos vivir en una mentira nos partiría el corazón. Yo formo parte de ese todos y en mi caso esa persona se llama Rut y soy yo misma.
Resulta que la que suscribe y escribe tenía un concepto de sí misma, y más concretamente de lo que concernía a su organismo (me refiero al mío, claro) cuyo parecido con la realidad era pura coincidencia. Menos mal que ayer (más vale tarde que nunca) la parte de mí que creía ser se enfrentó cara a cara con la que realmente soy y en ese momento no tuvo más remedio que abrir los ojos.
En esto ha consistido mi punto de inflexión: ayer fui a una nutricionista. Harta como estaba de que a pesar de comer más o menos sano (con excepciones, reconozco que posiblemente demasiadas en los últimos tiempos) mi cuerpo se resistiese a mostrar externamente ese esfuerzo, busqué por internet y encontré un sitio que a priori me llamó la atención. El correo de respuesta a mi consulta y la llamada de teléfono que mantuve posteriormente con la susodicha me convencieron de que merecía la pena probar a ver qué era aquello del estudio antropométrico del que hablaban en su página web.
Mi cita era a las 13 horas pero entre lo previsora que es una y la falta de control del tiempo y la distancia en Madrid cuando dependes de un trayecto a pie y de un metro con su trasbordo me hicieron llegar con antelación, así que Elena se apiadó de mí y a la una menos diez me recibió en su consulta.
Elena es una chica joven, alta y delgada que empatiza muy bien con la gente desde el minuto uno. Directa y clara, comienza preguntando mil cosas sobre salud y hábitos alimenticios. Quiere saberlo todo y de todo toma buena nota, sin perderse ni una coma de las respuestas que le doy.
La conversación fluye sin problemas mientras yo confieso todos y cada uno de mis pecados relacionados con la comida a la par que en mi interior ruego por que al final la penitencia no sea demasiado dura. Con el castigo ya cuento. Ya lo hacía incluso antes de entrar por aquella puerta.
Cuando llega la hora de la verdad, esa en la que pasamos de la teoría (soltar el discurso) a la práctica (quedarme en paños menores y mostrar mis vergüenzas) me siento tranquila. Sé que no tengo un cuerpo 10 y precisamente como soy consciente de que no es así y de que me gustaría acercarme al menos a un 8, por ese mismo motivo estoy aquí. Y a partir de este punto comienzo a ser consciente del engaño en el que vivía. Después de que me tumbase en la camilla y me enchufase a la máquina que terminó descubriendo los porcentajes reales de los que estoy compuesta desglosados por agua, grasa y músculo, llegué a la siguiente y lamentable conclusión: Soy un cuerpo-escombro.
Mis niveles de grasa son tales que mejor dejarlos en el anonimato en el que están, el porcentaje de agua está por debajo de lo que es la media y si hablamos de músculo… como me decía Elena, estar está, pero lo cierto es que no se sabe muy bien dónde (y eso yendo al gimnasio desde hace dos meses. No quiero ni imaginarme cómo estarían esos niveles antes…)
Para continuar con las buenas noticias me comenta que debido a la zona en la que tengo localizada la grasa soy propensa a tener diabetes y enfermedades similares y me confiesa que ella misma se ha sorprendido con los parámetros que escupe la máquina endiablada porque a simple vista se ve que no aparento lo que en realidad soy por dentro. Permitidme que me presente: soy el engaño elevado a la máxima potencia.
Después de más de una hora de consulta en la que terminamos elaborando una dieta acorde con mi yo real se despidió de mí dejándome claro que ella no es ni pretende ser la madre de nadie por lo que no me va a regañar si las cosas no transcurren como está previsto. Y hace bien. La primera interesada en poner remedio a tanto desaguisado soy yo misma, así que para qué la bronca.

Ayer abandoné la consulta de Elena llevándome las manos a la cabeza. Hoy procuro tener la cabeza fría y centrarme en todo lo que me ha recomendado para convertirme en alguien sano por dentro y por fuera. Particularmente por dentro. Porque como se suele decir en estos casos: si uno está bien por dentro al final eso termina reflejándose en su exterior. Lo voy a petar. Ya veréis.

Alicia Keys. Superwoman. https://youtu.be/-AphKUK8twg





martes, 23 de febrero de 2016

El maleducado… ¿nace o se hace?


No soporto a la gente maleducada. Esa que pasa por tu lado y con porte arrogante fija su mirada en un punto fijo en el infinito del universo con el único propósito de evitar tener que saludar a todo aquel que se cruza en su camino.
Muchas veces me he preguntado qué cualidad inhumana (porque de humana poco tiene) les empuja a creerse superiores a nosotros, el resto de los mortales, y les hace creerse con derecho a tratarnos como si fuésemos invisibles. Vale que yo no tenga una estatura de jugadora de baloncesto, pero que se me ve sin necesidad de usar la lupa también os digo que es verdad.
Cada vez que me cruzo con uno de esos que con su chulería al andar parecen estar diciendo te estoy perdonando la vida me encanta mirarlos fijamente y darles los buenos días (o el saludo que corresponda dependiendo de la hora) y de esta manera obligarlos a rebajarse y hacerlos tener que responder. Eso sí, por lo bajinis y sin vocalizar en exceso, no vaya a ser que se les desencaje la boca si la abren demasiado. O lo que es peor: que terminen demostrando algo de educación.
A lo largo de mi vida me he encontrado con personas con una arrogancia tan grande que precedía sus pasos. A modo comparativo los equiparo con esa gente que se baña en colonia y a la que el olor delata antes de que gire la esquina. Y mientras sólo sea colonia lo que huele démonos con un canto en los dientes. Peor sería que les cantase el sobaco.
Jamás he entendido esa actitud y cada día estoy más orgullosa y agradecida por la educación que me han dado mis padres, quienes me han inculcado el valor de la humildad y las buenas maneras. Como versa el dicho: soy pobre pero honrada. Mi abuela Flora siempre decía que “el que se humilda, se ensalza”, y cada día que pasa más confirmo que no hay mayor verdad sobre la faz de la tierra. Esa enseñanza me acompañará siempre, y hasta el día que deje de existir podré seguir caminando con la cabeza bien alta y la conciencia muy tranquila porque no habré tratado a nadie ni con desprecio ni con arrogancia. Tengo mil defectos y alguno bastante puñetero por cierto, pero ninguno de esos dos forma parte de mi colección particular.
Un jefe me soltó un día con todo su morro y sin ponerse colorado que su carácter un tanto déspota le venía con el cargo. Me sonó a justificación barata, al estilo de yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así. ¡Y un cuerno! Traducido en un idioma que entendamos todos: Soy un maleducado y me escudo en que soy tu jefe para poder tratarte como escoria y aun así ser capaz de dormir tranquilo por las noches. Pues mira tú qué bien. No seré yo la que perturbe su sueño. Pero que os quede claro, y a él el primero, que él tampoco perturbará el mío.
Soy de la opinión de que se consigue más siendo respetuoso que yendo por la vida avasallando a todo aquel que se cruza en el camino. El problema es que no todo el mundo parece ser capaz de darse cuenta, y algunos están más ocupados en hacer todo lo posible por impedir que su cabeza deje de mirar al frente que en preocuparse de observar lo que se encuentra a su alrededor. Algún día, tal vez demasiado tarde, se den cuenta de todo lo que se han perdido por vivir en su mundo superior.
De ahí mi duda: el maleducado… ¿nace o se hace? Buena pregunta para la que yo no tengo respuesta. Está claro que el entorno, las amistades y la educación recibida juegan un papel muy importante a la hora de que las personas se comporten de una manera o de otra, pero no sé hasta qué punto todos esos factores justifican lo que para mí es simple y llanamente mala educación.

No soporto a la gente que se cree superior. No creo en la teoría de que cuanto peor trates a alguien más obtienes. Sigo pensando que, no creyéndome nadie, consigo más cosas que aquel que arrasa allá por donde va. Y como ya soy mayor para cambiar de opinión, seguiré siendo humilde y sonriendo a todo aquel que se cruce en mi camino. Porque poner buena cara no cuesta dinero y muchas veces sí da la felicidad.

Pablo López ft. Juanes. Tu enemigo. https://youtu.be/cKjUALPwNBU





sábado, 23 de enero de 2016

Antes muerta que sencilla.

Parezco un pato andante. O mejor aún: uno de esos robots a los que no han incluido en su fabricación una pieza que les permita doblar la rodilla cada vez que dan un paso y se ven obligados a mover las piernas en su conjunto, estiradas y cayendo al suelo con todo su peso con cada zancada.

Lo confieso: No era uno de mis propósitos de año nuevo. En realidad este año ni siquiera pensé en hacer ningún listado con los retos que supuestamente debería superar durante los siguientes 12 meses. Todavía recuerdo la lista interminable que elaboramos Salomé y yo cuando vivíamos juntas. Ocupaba un lugar destacado en nuestra nevera porque en su momento pensamos que si la colocábamos allí no nos quedaría más remedio que verla cada vez que, cada mañana, abriésemos ese electrodoméstico; yo para coger la leche para el desayuno y Salomé para servirse un vaso de Coca-Cola light con el mismo objetivo. Sí señor, presión a tope ya a primera hora del día. Pobres ilusas.

Huelga decir que de ver el susodicho folio todos los días colocado en el mismo sitio pasó a formar parte del entorno, rodeado de los distintos imanes que poblaban nuestra nevera, y al final y por arte de magia se transformó en un imán más. Es decir: lo ignoramos totalmente y si no lo quitamos de allí no tengo muy claro si fue por pereza o porque en el fondo pensábamos que le daba un toque muy chic a nuestra cocina.

Por supuesto, terminó aquel año y lo único para lo que sirvió todo aquello fue para acabar tirando aquella hoja en el contenedor de papel para reciclar a donde fue a parar nada más dar comienzo el nuevo año. ¿Qué sentido tenía mantener a la vista algo que ya estaba obsoleto? Así que cual alimento al que se le ha pasado la fecha de caducidad, le dijimos adiós sin ningún tipo de miramiento.

Y hete aquí que este año sin propuestas de por medio me ha dado “EL ATAQUE”. Sucedió apenas hace unos días cuando una mañana, harta de notar cómo el pantalón del pijama apretaba demasiado mi cintura, me atreví a enfrentarme a mi peor enemigo y resuelta y sin pensármelo dos veces activé con el pie la pantalla de la báscula de baño y coloqué todo mi peso encima de ese cuadrado ridículo y acusador. Si no me caí para atrás del susto fue porque la bañera estaba peligrosamente cerca y lo que menos me apetecía era partirme la crisma a golpe de lunes (menuda manera más poco glamurosa de comenzar la semana... ¡con una brecha en el cogote! Ni de coña). Me esperaban unos días demasiado ajetreados como para pasarlos en el hospital. Es lo bueno que tengo: que consigo si me lo propongo analizar los pros y los contras de mis posibles acciones en cero coma, y así me evito determinados disgustos que lo único que consiguen es afear todavía más mi maltrecho aspecto. Cuando me lo propongo soy una crack.

Después de lograr recuperarme del susto inicial me acerqué al espejo del baño y mirándome fijamente a los ojos me dije que hasta aquí podíamos llegar. Sí, sé que me lo digo muchas veces y otras muchas todo se queda en agua de borrajas, pero yo sigo soltando ese mantra por si en alguna de las ocasiones me ilumina alguien y me guía por el buen camino. Y no me refiero a ningún acomodador que me dirija hasta mi butaca cuando llego tarde al cine. Prefiero aclararlo por si os estabais imaginando la escena, que sé que a veces sois de un graciosillo que metéis miedo. Que os quede claro: aquí la payasa del cuento soy yo. Que para eso es mi cuento.

Y después de todo este circunloquio volvemos al inicio, al por qué de la frase que abre esta entrada. Efectivamente: me he apuntado (de nuevo) al gimnasio. Lo bueno que tiene que frecuentes un gimnasio durante una temporada, te borres, te vuelvas a apuntar al año siguiente, te vuelvas a borrar y dos años más tarde decidas darle otra oportunidad al tema es que cuando te diriges resuelta a la recepción para anunciar que quieres volver te sientes como en casa. Las chicas reconocen tu cara de las ocasiones anteriores y a partir de que recuperan tu ficha, esa que existe desde la época prehistórica en su base de datos, y te llaman por tu nombre, ya pasas a ser una más de la familia. En el momento en el que escuchas “tu cara me sonaba mucho de verte por aquí” sabes que no tienes escapatoria: Has vuelto a la secta. Ya no puedes huir.

He empezado muy fuerte y con ganas, como suele pasar en estas situaciones. De los seis días que han transcurrido desde que la banda magnética de mi carnet de socia abría el torno que me daba acceso a todo ese mundo plagado de máquinas, gente sudorosa en cada esquina y música que te invita al movimiento, de los seis días decía, he frecuentado ese lugar cinco. De ahí que mi andar sea a día de hoy de todo menos glamuroso. Tengo agujetas en sitios del cuerpo que ni siquiera sabía que existían. Lo sé, sé que esta es una frase muy manida que todo el mundo dice al día siguiente de su primera clase de, por ejemplo, estiramientos y abdominales, pero es que ciertamente es así. “¿Te apuntas a la clase?” me preguntó el monitor cuando yo llevaba como diez minutos subida a la bicicleta. “¿Es muy dura?” Respondí yo con otra pregunta, que para algo soy gallega. “Qué va. Suave. Estiramientos, algunos ejercicios de flexiones y abdominales pero todo en plan muy tranqui”. Y yo, que soy una pardilla, me lo creí. Así que ni corta ni perezosa me bajé de la bicicleta dejando mi sesión de 30 minutos inacabada y me metí en aquella habitación junto con otras 15 personas más, dispuesta a pasar una hora estirando y doblando piernas y brazos por igual.

Jamás imaginé que 60 minutos diesen para tanto sufrimiento ni que un balón medicinal pudiese usarse para tantas cosas (dolorosas) diferentes.

Cuando terminó la hora y me miré al espejo lo más característico de mi aspecto era una cara roja y sudorosa que con la mirada parecía preguntarme ¿qué te he hecho yo para que me trates así?

He decidido que a la siguiente clase me apunto. A pesar de las agujetas y del esfuerzo o tal vez por ello debo reconocer que me ha gustado. Además, tengo ganas de ver la progresión que se produce en mi cuerpo a medida que pasen las semanas y demostrarme a mí misma que esta vez sí, que esta vez he conseguido unirme a ese grupo de gente que afirma que el gimnasio, yendo con asiduidad, engancha. Por el momento y vistos mis innumerables intentos fallidos, todavía no he podido confirmar esa teoría. Esta ocasión podría ser perfecta para cambiar la trayectoria de la parábola y marcar un punto de inflexión en mi relación amor-odio con el gym.


Además, actualmente hay una ropa de deporte tan mona y a tan buen precio que me da pena no poder comprarla por no encontrar la ocasión apropiada para ponérmela. ¿Qué queréis que os diga? En el fondo sigo siendo una coqueta. Ya sabéis lo que se dice por ahí: Antes muerta que sencilla.


Naughty Boy ft. Beyoncé, Arrow Benjamin: Runnin' (lose it all). https://youtu.be/eJSik6ejkr0



jueves, 31 de diciembre de 2015

Divagando que es gerundio.

No sé si soy la única o a alguno más le pasa. Este año tengo una sensación extraña. Una sensación que hace que tenga que pellizcarme cada vez que quiero recordar que es Navidad. Y lo que es todavía peor: que hoy es 31 de diciembre. 

Puede que sea porque en esta ocasión he adelantado mis vacaciones y llegué a mi casa a mediados de mes en vez de la semana de Nochebuena como suele ser de rigor. Tal vez el hecho de que el tiempo que tenemos es más propio de la primavera que del invierno haya contribuido a esa sensación de no-fiestas. 

Podría intentar buscar mil explicaciones y estoy convencida de que ninguna me parecería lo suficiente creíble como para justificar de manera convincente por qué este año noto cómo si lo único que tuviese por delante fuese un fin de semana largo, larguísimo, que, casualidades de la vida, comienza en el 2015 y termina en el 2016. ¿No es cuanto menos curioso el tema?

Escribo desde el asiento 2D del AVE que me lleva a Valencia. Es un asiento de ventanilla seleccionado al azar por la página web cuando hice la reserva. Me gustan los asientos de ventanilla. Imagino que lo mismo que a mi compañera de viaje a la que pareció no agradarle demasiado  que le confirmase que estaba sentada en un sitio que no era el suyo. Me dieron ganas de decirle que cambiase la cara de revenida por una sonrisa, que para eso estamos en Navidad, pero al final fui yo la que le dediqué una sonrisa que no tuvo respuesta. No la culpo. Es posible que a ella le pase lo que a mí: ¿Navi qué?

Como todos los años compartí el 24 de diciembre con mi familia que para algo constituye el pilar de toda mi existencia. Y lo cierto es que disfruté de todos ellos de una manera muy especial, sobre todo de mis padres, a los que cada día quiero más a pesar de no ser capaz en ocasiones de mostrar externamente lo que siento por dentro. Es lo que tiene ser una cabezota de los pies hasta el último pelo de la cabeza. 

Me dolió la despedida, más que en otras ocasiones. Y eso que las despedidas siempre son duras cuando eres, aparte de una redomada cabezota, una sensiblera sin remedio. 

Nono ni siquiera vino a decirme adiós. Mi gato, el que dormía conmigo cada noche, no fue lo suficientemente valiente como para verme partir. En cuanto vio la maleta en la puerta se marchó y no volvió a hacer acto de presencia. No lo culpo. Yo también me sentiría abandonada y traicionada. Debe ser duro ser gato y no saber qué pasa más allá de esa puerta que se cierra delante de ti dejándote solo en el lado equivocado. Ay, mi cosita... A él también lo echo de menos. 

Estoy camino de Castellón, destino final de este viaje. Montse y Fran han tenido a bien acogerme en su casa y con ellos daré la bienvenida al año nuevo. Y por fin podré achuchar a mi ahijado después de llevar ya casi dos meses entre todos nosotros. No hace más que comer y dormir y Montse me ha dicho que ya pesa cinco kilos. Tardo un poco más en ir a verlo y ya se ha emancipado. Uffff... Si es que el tiempo pasa tan deprisa que da miedo. 

Qué maravilla esto del AVE. Aquí sigo, sentada y de vez en cuando levantando la cabeza de lo que escribo para contemplar el paisaje a 300 kilómetros por hora. Todo pasa ante mí a cámara rápida, como la vida. Ay madre, a que esto va a ser la crisis de los cuarenta...

Y de tanto divagar he llegado a la conclusión de que si cierro los ojos y me concentro un poco soy capaz de rememorar este año que ya termina y definirlo con cuatro palabras clave. Y mientras lo hago sonrío seguro. 

Aquí van, con estos cuatro "palabros" resumo mi año: 

TRABAJO: ha sido un año de cambios en este aspecto. Fue duro y complejo como un parto pero al final el resultado de tanta incertidumbre y en ocasiones angustia mereció con creces la pena. Y laboralmente soy feliz. 
MARIETTA: mi creación inventada al fin vio la luz. Fue gracias a mis queridos amigos y de la manera más insospechada. Fue un acto hecho con mucho esfuerzo al que yo correspondo con todo mi cariño y admiración hacia toda esa gente que hizo mi sueño realidad. Son mis "mecenas". Los mejores sin duda.
AMISTAD: aparte de contar ya con personas maravillosas, estos meses he dejado entrar en mi vida a alguien que ha demostrado un aprecio desinteresado hacia mi que ha conseguido de mí la misma admiración hacia su persona. Juro que nadie hasta ahora había conseguido escarbar tan profundo en tan poco tiempo y haber llegado a conocerme de una manera tan exacta que asusta. Pero es un susto bonito y sin gritos de desesperación y angustia, así que ni temo ni tengo miedo. 
SALUD: mis épocas oscuras han quedado definitivamente atrás y me he despedido de Enrique con un par de besos y un "buena suerte". Cierto es que he dejado atrás lo emocional para dar paso a lo físico y ahora son mis rodillas las que han decidido darme un poco por saco. Pues nada... Habrá que tomar cartas en el asunto, digo yo. 

Ya está. Éste sería mi resumen de los 365 días que dejo atrás. Seguro que si recapacitase un poco más incluiría algún vocablo más entre los elegidos para describirlos pero el viaje ya está terminando y tampoco es plan de que haga repaso de todo el diccionario de la RAE. 

El tren está llegando a su destino con un traqueteo acompasado que me recuerda al tic-tac del reloj que anuncia que cada minuto que pasa uno menos queda para terminar el día, y con él el año. 

No soy nadie para dar consejos pero yo aprovecharía estas últimas horas antes de que fuese demasiado tarde. Por suerte o por desgracia todavía nadie ha logrado inventar una máquina del tiempo que nos permita retroceder a ese preciso instante en el que tocamos la felicidad con los dedos, así que lo que nos queda es exprimir cada momento como si fuese el último y sacarle todo el jugo a la vida. Yo también llegué a pensar que era algo imposible. Afortunadamente para mí el 2015 se ha encargado de demostrarme que, si cierras fuerte los ojos y lo crees de verdad, los sueños pueden hacerse realidad. 


Feliz año 2016. Ojalá todos vuestros sueños dejen de ser eso, simples ilusiones, y se conviertan en realidades que os hagan caminar con una sonrisa en la cara. Y ahora si me disculpáis, tengo que recoger la maleta para continuar mi camino. 

sábado, 7 de noviembre de 2015

Bienvenido, Iago. Bienhallada, Marietta.

Ayer Montse y Fran fueron papás. Iago llegó al mundo haciéndose bastante el remolón, lo que se tradujo en que para mi Montsiña el día de ayer tuviese cuatro mil horas en vez de las veinticuatro de rigor. Pero como suele suceder en estos casos, a pesar de todo lo mal que se pasa desde que la primera contracción decide que vas a sufrir por ti y por todos tus compañeros hasta que por fin te encuentras cara a cara con el que a partir de ahora se va a convertir en el centro de tu existencia, todo lo malo se olvida, todos los dolores desaparecen como por arte de magia y lo único que queda es la felicidad plena de tener en brazos a ese ser pequeñito, delicado e indefenso que consigue que todos los que lo rodean muestren esa sonrisa boba en la cara.

Iago tiene cara de ángel, por lo que no dudo ni por un momento que al final se convertirá en un diablillo travieso que volverá locos a sus padres a medida que pasen los años. Tiene esa naricilla tan característica de los bebés que tanto me gusta y una expresión tan dulce que es imposible no enamorarse nada más verlo. Y encima me han contado sus papás que es un niño la mar de tranquilo, que sólo llora cuando es estrictamente necesario. Qué más se podría pedir…

¿No os lo he dicho todavía? Iago es mi ahijado. El primero. Podéis imaginaros cómo me siento: soy en estos momentos la madrina más orgullosa de la faz de la tierra. Tengo que leerme un poco el libro de instrucciones de las madrinas porque soy profana en la materia, pero según me han contado se necesitan muchas dosis de amor y toneladas de cariño para llevar a cabo con éxito la faena, y desde que le he visto la carita he notado cómo se despertaban dentro de mí ambos sentimientos de manera desbordante. Espero hacerlo bien. Ganas desde luego no me faltan.

Y lo que son las cosas… Por caprichos del destino éste quiso que ayer además de madrina me convirtiese también en madre. Pero no en madre al uso de la palabra, como lo entendemos todos a día de hoy. Paciencia, ahora me explico, que tal y como me estoy expresando entiendo que os parezca todo totalmente surrealista e incomprensible.

Muchos de vosotros me habréis oído en alguna que otra ocasión nombrar a Marietta. Marietta es un personaje inventado que un día salió de mi cabeza para dejar plasmadas sus aventuras y desventuras en un papel (en realidad fueron aproximadamente 170). Hace unos meses Marietta voló hacia un par de editoriales, esas que acaparan la mayor parte de la producción literaria de este país, y la pobre no tuvo demasiada suerte. El riesgo era alto y ambas sabíamos que la caída podía ser dura, pero había que intentarlo. No pudo ser, así que a la espera de dirigir su rumbo hacia otras un poco más modestas, dormía plácidamente en una esquinita de mi salón.

Ayer Araceli me invitó a cenar a su casa. Según me contó tenía mucha comida que se le iba a estropear y le daba pena tener que tirarla así que me preguntaba, con mucha gracia y salero y evidentemente con otras palabras más sutiles, si no me importaba ampliar unos pocos centímetros más de cintura con el fin de no tener que deshacerse de todos esos manjares. Y como soy una facilona, a las nueve me presenté en su casa. Es oír la palabra GRATIS y me vuelvo loca…

Al final todo resultó ser un engaño. Bueno, no del todo porque comida rica había, pero en realidad la triquiñuela había sido gestada por otra buena causa. Así que cuando entré por la puerta y me topé con Esther, Sara y Sonia, además de con la anfitriona, supe inmediatamente por dónde iban los tiros: Mi cumpleaños fue hace casi dos meses así que el motivo de la reunión no era otro que el de hacerme entrega, con un poco de retraso, de mi regalo. Lo primero que me dieron fue un paquete en donde aparecían escritos quince nombres de las personas más maravillosas que jamás he conocido. Lo abrí y me encontré con un vestido que casualmente Esther y yo habíamos visto hacía un par de semanas cuando fuimos a por el regalo de Araceli. Maravilloso.




Luego pasaron a un paquete más pequeño: un paraguas plegable, instrumento de lo más útil para protegerme cuando llueva. Reminiscencias de mi naturaleza gallega.

Y cuando ya estaba dando besos y agradeciendo los detalles me plantaron dos cajas en el medio del salón. Y ahí la sorpresa ya fue mayúscula. Encima de cada una de ellas había un folio con la carátula que Patri me diseñó para el libro de Marietta y yo no entendía nada… Fue Sara la que se encargó de abrir la caja y cuando al apartar las solapas me encontré de frente con ejemplares y más ejemplares impresos de la historia que meses atrás me había robado horas al sueño me quedé petrificada y sin saber cómo reaccionar.




¿Me entendéis ahora cuando digo que yo también soy madre? Ayudada por unos locos he terminado pariendo, en mi caso sin necesidad de epidural, (lo peor se lo han llevado los que han tenido que dar formato y revisar todo para que se gestase esta maravilla) mi sueño. Y al igual que Montse me siento la madre más orgullosa de este mundo, la que tiene la criatura más guapa y más lista de la faz de la tierra.

Casualidades de la vida: Ayer Montse dio a luz a Iago y yo me encontré cara a cara con Marietta en formato tangible. Iago pesó 3.130 gramos y Marietta vino al mundo en forma de 100 ejemplares de 170 páginas cada uno (peso sin confirmar, pero doy fe de que costaba levantar las cajas del suelo…). Ambas nos sentimos orgullosas de nuestros respectivos churumbeles y eso es algo que nos llena de felicidad.



Y en mi cabeza resuena de manera recurrente la siguiente frase: 6 de noviembre de 2015. Un día perfecto para presentarse ante el mundo. Bienvenido Iago. Bienhallada Marietta.


Michael Bublé. It’s a beautiful day. https://youtu.be/5QYxuGQMCuU




martes, 27 de octubre de 2015

Huele a lluvia. Llueve.


Hoy ha sido el típico día de otoño, uno de esos días en los que el cielo amanece encapotado y la temperatura nos recuerda que por más que nos empeñemos en no renunciar al verano no nos vendría mal salir a la calle con un abrigo con el fin de evitar posibles resfriados indeseables. Y ya de paso mejor colgarse un paraguas del brazo no sea que se eche a llover.


Yo provengo de un lugar en el que la lluvia forma parte natural del paisaje, tanto es así que una conocida cadena gallega de supermercados creó una exitosa campaña publicitaria cuyo lema era "se chove, que chova" (si llueve, que llueva) en donde la protagonista principal era, como no podía ser de otra manera, la lluvia y sobre todo la manera que tenemos los gallegos de convivir con ella. Confieso sin embargo que después de todos estos años todavía no me he acostumbrado a que se presente sin haber sido invitada a pasar. Durante mi época en Pontevedra era tan habitual que llegase y se quedase tanto tiempo que en cuanto la veo asomarse por la esquina giro en redondo para ver si de esta manera consigo esquivarla. Recuerdo un año, relativamente reciente en el tiempo, en el que se presentó salerosa un día de septiembre y no decidió darnos tregua hasta bien entrado el mes de abril. Se convirtió en el huésped incómodo, ese que aparece sin llamar a la hora de la merienda y que decide quedarse ya no sólo a cenar sino también a dormir, a pesar de no haberse traído el pijama, obligándote a sacar el colchón hinchable que tienes guardado y cogiendo polvo en la parte alta del armario.

Que no os confundan mis palabras. Me gusta el sonido repiqueteante de las gotas cuando tropiezan con el suelo, me gusta esa sensación de melancolía que acompaña a esos días plomizos... pero sólo si no tengo la necesidad de salir de casa. Cuando estoy en el salón, bajo la manta y disfrutando de una buena película me importa poco que se inunden las calles, pero si me ha tocado en suerte tener que hacer algún recado, entonces la historia cambia. Esquivar a las personas procurando que no te claven una varilla del paraguas en el ojo es tarea harto complicada cuando caminas por una ciudad en la que la gente se multiplica como las hormigas, y más en los días de lluvia. Tal pareciese que por cada gota que cae un sujeto más decidiese entrar en escena.

Y ya no digo nada si para llevar a cabo nuestro cometido es imprescindible hacer uso del coche. Sacar el automóvil del garaje cuando las calzadas están mojadas ha resultado ser el mejor experimento que existe para comprobar si en el sitio en el que te encuentras suele llover a menudo o lo hace sólo de vez en cuando. En un día cualquiera de lluvia en Pontevedra puede que el tráfico circule más lento por esto de que la precaución es mayor, pero la reacción de los conductores es la misma que cualquier día de sol reluciente. Así de habituados estamos a convivir con el agua que viene del cielo. Ahora bien, caen cuatro gotas en Madrid y se atasca el túnel de la M-30 y por ende la M-30 entera. Y ya puestos, por esto de no ser menos, también lo hacen la M-40, la A2, el nudo de Manoteras, el Paseo de la Castellana, el tramo de la A6 entre Las Rozas y el Plantío… y Madrid es un caos total con atascos interminables y accidentes por alcance que se cuentan por decenas. Y entonces os pasa lo que a mí: que un tramo de apenas 12 km que en condiciones normales se recorre en 14 minutos, (salvo que sea por la mañana que es cuando parece que media ciudad ha decidido dirigirse hacia el mismo punto que tú y el tiempo pasa de 14 a 35 minutos) se convierte en una espera interminable de más de una hora. Es el precio que hay que pagar por vivir en una gran ciudad y como tal lo asumo, pero me resulta cuanto menos exagerado en ocasiones.

Ante lo que sí me rindo sin remedio es a los colores que se pintan en esta época del año, trazos propios del mejor pintor impresionista. El otro día paseaba por el Parque del Retiro y observaba maravillada la diversidad de tonos ocres y verdes que me iba encontrando por el camino. Incluso el agua del lago tenía un color grisáceo, reflejo del cielo que sobre él se mostraba, que quitaba la respiración. Y sorprendida como estaba, procurando mantener la boca cerrada para evitar que me entrasen moscas, sentí de pronto una fuerte necesidad por inmortalizar todos y cada uno de los momentos que me regalaba ese día triste y gris en apariencia, pero rico en delicados matices.

Juzgad por vosotros mismos si no es lógico mi desconcierto ante lo que se mostraba ante mis ojos. Por un momento me cuestioné seriamente si todavía me encontraba en el mundo de los mortales o si por el contrario había conseguido, sin esforzarme en modo alguno, transportarme hasta alcanzar el paraíso más espectacular.


Hoy ha sido el típico día de otoño, las calles están mojadas, he tenido que enfundarme en un abrigo para salir de casa y me he colgado el paraguas del brazo por si se ponía a llover. Procuro caminar con cuidado, escuchando cómo crepitan las hojas caducas de los árboles bajo mis pies mientras esquivo cualquier varilla de cualquier paraguas que se cruza ante mí. Por nada del mundo querría sufrir un percance que me impidiese admirar todas las coloridas estampas que nos regala este otoño, más propias de una postal que del entorno que nos rodea.



domingo, 25 de octubre de 2015

Cuando se escribe con el corazón...

Es muy fácil escribir cuando lo que se dice se siente de verdad. Así respondía a un comentario alusivo a unas palabras que dediqué a una de mis amigas del alma con motivo de su cumpleaños. Me pasa siempre: casi sin esfuerzo las palabras comienzan a fluir y lo que comienza siendo un texto sin importancia termina por convertirse en toda una declaración de intenciones. Relacionar mi manera de expresarme con la sensibilidad que me invade es tan cierto, al menos para mí, como lo es el respirar para poder seguir viviendo.

Nunca me he avergonzado por ser capaz de expresar mis sentimientos. ¿Por qué habría de hacerlo? Es imposible pretender ocultar un rasgo que caracteriza de una manera casi insultante a una persona, en este caso a mí. A diferencia de los animales los seres humanos tenemos la capacidad de poder decir lo que en cada momento consideramos oportuno para luego, ya si eso, arrepentirnos de nuestras acciones. O no, que en esta vida nunca se sabe. Entonces… ¿por qué a veces nos cuesta tanto desnudarnos, metafóricamente hablando, ante el resto del mundo?

En múltiples ocasiones me han comentado que soy demasiado sentimental, que le doy un toque un tanto melodramático a la forma que tengo de actuar, que a veces puedo empalagar más que una tarta de merengue. He de reconocer que alguna que otra vez he intentado cambiar y blindarme ante los demás. Lo siento, es inevitable: cuanto más procuro dejar de ser yo, más me convierto en mí misma.

No tengo ningún inconveniente en demostrar cariño hacia aquellos a los que quiero. No me avergüenzo de tener la sensibilidad a flor de piel y llorar cuando veo algo que me enternece. Prefiero mil veces eso a parecer una persona sin sentimientos. No me gustan las personas que van de frías y calculadoras. Puede que de esa manera consigan tener bien firmes las riendas de su vida pero estoy convencida de que no disfrutan de lo que les pasa ni la mitad de lo que lo haría yo en su situación.

Claro que me he llevado mil decepciones por ser así. Por supuesto que me han dado hasta en el carnet de conducir. Mentiría si dijese que no he sufrido por mostrarme tal y como soy. Pero con todo y con eso no me arrepiento de exponerme ante los demás de una manera casi suicida. En el fondo pienso que ellos se lo pierden, no yo. A mí jamás nadie me podrá echar en cara que no he pretendido vivir la vida que he querido, aún en el supuesto de que la partida de ajedrez no termine todo lo bien que debiera.

Es maravilloso y liberador poder decir sin miedo a la vergüenza lo que se le pasa a uno por la cabeza, sobre todo si lo que se le pasa a uno por la cabeza son cosas que se dicen directamente desde el corazón. Y por eso me llena de orgullo y satisfacción recibir comentarios llenos de cariño cuando dedico palabras de ídem a aquellas personas a las que adoro. Hoy era la ocasión perfecta para hacerlo porque una de mis mejores y más queridas amigas celebra su cumpleaños. Llevamos juntas casi veinte años y todavía parece que fue ayer cuando coincidimos por primera vez. Somos muy diferentes en muchas cosas, pero creo que por ese mismo motivo nos compenetramos de una manera casi perfecta. Ella es el desorden personificado y yo necesito centrar la tele con respecto al sofá. Ella es una marmota reconocida y yo me despierto al alba. Ella puede pasarse en pie hasta altas horas de la madrugada y yo me acuesto casi con las gallinas. Ella no consigue llegar a tiempo a casi ningún sitio y yo parezco el conejo de Alicia en el País de las Maravillas corriendo para no ser nunca impuntual… Pero sobre todas esas cosas ella es una persona que siempre ha sabido estar para mí cuando la he necesitado y por ese mismo motivo todo lo que a priori podría separarnos al final no puede con el motivo principal que nos une: un cariño mutuo que continúa intacto con el paso de los años.

No reproduciré aquí las palabras que le he dedicado pero puedo aseguraros que todas y cada una de ellas expresaban de manera exacta lo que siento, reflejaban fielmente cómo valoro la amistad que nos une, explicaban sin tapujos cuán grande es el cariño que le tengo y lo mucho que agradezco que forme parte de mi vida.


Por ser como soy escribo como escribo. Sólo de esa manera podría plasmar con palabras lo que orgulloso me dicta el corazón. Y a quien no le guste que no mire… o en este caso que no me lea.



Amaral: Marta, Sebas, Guille y los demás. https://youtu.be/Z7XOWwY7pa0



jueves, 10 de septiembre de 2015

Versión 4.0 instalada correctamente.

Dicen que la edad real de una persona no se refleja por la fecha de su nacimiento. Para saber exactamente cómo de joven es uno hay que ver más allá de esos números y fijarse en cuál es su verdadera mentalidad, la manera que tiene cada cual de enfrentarse a la vida y a los obstáculos que van apareciendo por el camino.

Hay gente que es anciana con apenas treinta años y cuarentones que reflejan edades muy inferiores. He conocido a personas a lo largo de mi existencia cuya vida pareció detenerse nada más tener el primer hijo y, como si ésa fuese la excusa que estaban esperando, de golpe y porrazo decidieron envejecer mil años en un segundo. Pobres diablos.

Y luego estamos las personas como yo, eternas quinceañeras que nos negamos a sucumbir a los años que indiscretamente se muestran en nuestro carnet de identidad.

Reconozco que no siempre he sido así. Confieso que durante mucho tiempo, más del que me hubiese gustado, yo también fui una anciana prematura. Dejé de disfrutar de la vida, me anquilosé en una rutina que acabó por consumir mis ganas de jugar a ser joven. Lo más triste de toda esta historia reside en el hecho de que ni yo misma era consciente de las arrugas que se me estaban marcando a fuego por dentro aun cuando mi apariencia física no mostraba ni un ápice de mi profundo deterioro interior.

Y asumía como normal el haber lanzado a mi iniciativa por la ventana de un sexto piso con el único fin de impedirle que me tentase con sus ganas de salir, de asumir nuevos retos, de recorrer mundo, de afrontar nuevas experiencias… En una palabra: de VIVIR.

Un día decidí que no quería seguir marchitándome y tomé la decisión de rejuvenecer lo envejecido. A pesar de que cada año una vela más puebla la tarta, mi yo interior se revela por seguir haciéndose mayor y se niega a seguir creciendo, que no madurando.

He evolucionado lo indecible con el paso del tiempo, pero no por ello mi mentalidad se ha vuelto casposa y anticuada. Cada día que pasa siento que mi niña interior sigue ganando la batalla a la adulta que pretende dirigir mi destino. Mientras, yo la observo y la animo desde la barrera a que continúe con esa hegemonía que ha logrado a base de constancia y valor.

Llegados a este punto añadiré una confesión más a todas las reflexiones que he dejado caer así, como quien no quiere la cosa, el motivo por el que he filosofado algo más de la cuenta: Hoy es mi cumpleaños. Además, no es un cumpleaños cualquiera. Estreno nueva década y a pesar de que el número que descaradamente se asoma asusta, ponedme un charco delante y veréis qué estilo tengo cogiendo impulso, saltando encima y salpicando a todo aquel que se encuentre dentro de mi radio de acción.

No sé cómo lo he conseguido, pero no sólo he logrado quitarme las arrugas interiores sin necesidad de gastarme los ahorros en un lifting sino que además a día de hoy ni la primera muestra del paso del tiempo ha hecho acto de presencia en este cutis que Dios me ha dado. Estoy convencida de que haber recuperado mi locura infantil tiene mucho que ver en ello.


El otro día me preguntaron qué quería por mi cumpleaños y yo lo único que pedí es que me sorprendiesen. Como a cualquier niña pequeña, y yo no iba a ser menos, me encantan las sorpresas.



Electric Nana: Won’t stop. https://youtu.be/ZrWEg5E-DGs